“LAS CORRIENTES”: Habitar la no pertenencia
A Lina le dan un premio en Ginebra por su trabajo como diseñadora. “La premiada”, le dice Pedro, su marido, cuando vuelve a Buenos Aires. Lo que Pedro no sabe —y lo que Lina no puede o no quiere decir— es que en Ginebra arrojó el premio a la basura, se escapó de la ceremonia, caminó sin rumbo por la ciudad y terminó arrojándose al río en un impulso inexplicable. De regreso en su casa, con su marido y su hija, una fobia al agua empieza a crecer en silencio. ¿Qué pasó realmente cuando se dejó arrastrar por la corriente? ¿Las aguas se llevaron algo de sí misma o la despojaron de un disfraz que venía usando hace años?
En su tercer largometraje, Milagros Mumenthaler construye un retrato íntimo y existencialista que se rehúsa a ofrecer conclusiones digeridas. En tiempos en los que gran parte del cine tiene la urgencia de explicar, subrayar y traducir emociones como si no confiara en el espectador, Las corrientes invita a un estado de vigilia: salir de la sala con la sensación de que algo se acomodó y algo se desacomodó a la vez, atar cabos, revisar gestos, escuchar silencios. Pensar en lo que vimos pero, inevitablemente, también en lo que ocultamos, en lo que arrastramos y en lo que quisiéramos dejar ir.
Hay en Lina un deseo de habitar, pero a su vez una sensación de no pertenencia. “Parece que nunca volviste”, le dice Pedro. ¿Y si en realidad está volviendo recién ahora, después de años de funcionar en piloto automático? En ella conviven el desencuentro y el reencuentro, como si fuera posible ser extranjera en la propia casa y, aun así, intuir un camino de regreso. De ahí la necesidad de recuperar algo del acto creativo abandonado, de acercarse a la amiga del barrio, de volver a la casa de la infancia como quien revisa un álbum que se guardó demasiado tiempo.
La vida se mueve así, entre contradicciones, sin sentidos y correntadas que nos arrastran sin preguntar. Un día aparece el vértigo: ¿era por acá o me dejé llevar hacia un lugar donde nunca quise estar? Las corrientes trabaja con esa sensación de extravío y la pone en contacto con un miedo que no paraliza sino que, a veces, señala la respuesta. Mumenthaler no juzga ni clausura sentidos; acompaña a su protagonista (increíblemente interpretada por Isabel Aimé González Sola) mientras se hunde, emerge y respira. Y en esa respiración entrecortada, algo de nosotros también se mueve.



