“THE RULE OF JENNY PEN”: La crueldad en la vejez
“No dejamos de jugar porque envejecemos, envejecemos porque dejamos de jugar”
James Ashcroft dirige este thriller psicológico oscurísimo y de muchísima tensión, protagonizado por Geoffrey Rush y John Lithgow.
El cine se encargó de recordarnos infinidad de veces que los niños pueden ser crueles y desalmados. En cierta etapa de la infancia el sentido de la moral se está formando, y la diferenciación entre el bien y el mal puede estar un poco difusa. El nene hace una maldad, la disfruta y tantea. ¿Se van a dar cuenta, lo van a retar? El nene se ríe del adulto cayéndose o golpeándose, al igual que el adulto se ríe de Chaplin cayéndose o golpeándose. Hay un rasgo de crueldad en esta conducta que seguramente sea inherente al ser humano y que, en la infancia, está mucho más expuesta.
Cuando las personas envejecen recuperan algo de la infancia. Los hijos empiezan a cuidar a sus madres y a sus padres, los roles se invierten. Les recuerdan las cosas, les advierten que no hagan ciertas actividades, que tengan cuidado, que se abriguen. ¿Por qué no pensar que entre los rasgos de la infancia que se recuperan en la vejez, además de la necesidad de atención y de cuidado, puede haber un poco de esa crueldad? Después de todo, si un niño es cruel porque todavía está decodificando las reglas de un mundo que habita hace poco, una persona mayor ya lo habitó lo suficiente como para entender que el mundo es un absurdo de reglas injustas.

No es casual que el protagonista de «The rule of Jenny Pen» sea un juez (interpretado por el gran Geoffrey Rush), alguien cuyo oficio consiste en ser un termómetro moral, en determinar culpabilidad o inocencia. “Cuando no hay leones en la selva, las que mandan son las hienas”, son las últimas palabras que dice el juez Mortensen antes de tener un derrame cerebral en pleno juicio, durante un brote de excesiva moral al señalar a una madre como cómplice silenciosa del abuso sexual de su hijo.
El geriátrico es ahora su nuevo hogar, un hogar que supone transitorio aunque sus crecientes limitaciones físicas parezcan indicar lo contrario. Este hombre de carrera prestigiosa y de una integridad inquebrantable, va a encontrarse de pronto habitando un lugar sin ley. Mortensen va a padecer lo que vemos habitualmente en las historias de bullying escolar, pero en este caso el maltrato lo va a ejercer un interno abusivo que hace lo que se le canta, ante la inoperancia y los oídos sordos de las autoridades. Dave Crealy (encarnado por John Lithgow en su versión más oscura) aterroriza al resto de los internos con un títere que lleva siempre en su mano, apodado Jenny Pen. Dicho muñeco es parte de un plan impulsado por la misma institución, una especie de terapia con muñecos para que los viejos conecten con el apego y el cuidado que éstos puedan evocar. Crealy pasea por los pasillos del geriátrico con su andar aniñado y sus pupilas negras, inmóviles, dilatadas, flotando en sus ojos azules, como si fueran los ojos de un tiburón que está constantemente en contacto con la sangre de su presa. Si Walter de Okupas arengaba “¿quién es el más poronga de este conventillo?”, la pregunta a la que se someterán los ancianos es “¿Quién manda acá?”, y la respuesta (para que Crealy los deje en paz, al menos, por un rato) siempre deberá ser la misma: Jenny Pen.

La tensión de este thriller es acumulativa y no tardaremos en sentir la misma impotencia que siente el protagonista. Quizás resulta algo caprichosa la ineptitud del personal del geriátrico, no porque cueste creer que en lugares así (y en el mundo) haya tal descuido hacia los viejos, sino porque esta negligencia es por momentos demasiado favorecedora para el antagonista, casi que termina rozando el inverosímil. De todas maneras, es innegable que esta película tiene más de un rasgo a destacar. El peso del cast es uno de ellos. El trabajo de John Lithgow es monstruoso, tanto por su caracterización física como por sus gestos que enaltecen constantemente lo más macabro de la conducta humana. Geoffrey Rush, a quien hacía rato no veíamos en pantalla, se pone en la piel de un protagonista con muchísimas zonas grises, un hombre recto y soberbio que se cree por encima de todo.
Pero dejando de lado la grandeza de su elenco principal (algo que salta a la vista rápidamente) me parece importante resaltar la originalidad de este relato. No suelen aparecer historias que representen a la vejez de una forma cruda, alejada de la romantización o la victimización. En la mayoría de las ocasiones el envejecimiento es abordado con un respeto tan excesivo que puede tornarse demasiado solemne e incluso condescendiente. La misma condescendencia aparece representada en los enfermeros y autoridades del establecimiento en «The rule of Jenny Pen», quienes tratan a sus pacientes de una forma muy impersonal, como si no hubiera distinción entre ellos, como si uno al volverse viejo fuera, junto a los otros viejos, el mismo viejo. Una subestimación muy parecida a la que reciben los niños en las tramas que exploran la crueldad infantil como The Innocents (2021) o la épica ¿Quién puede matar a un niño? (1976). Los ancianos de esta historia, al igual que esos niños, están solos, resentidos con un mundo que los deja de lado y los margina. Y, como todo actor social marginado, deben hacerse de sus propias herramientas, quizás las más primitivas, para poder subsistir.

Excelente pelicula