“MAXXXINE”: un cierre de trilogía a la altura

“En este negocio, hasta que no te reconozcan como un monstruo, no eres una estrella”, Bette Davis.

“No voy a conformarme con una vida que no merezco”, Maxine Minx.

Llegó “Maxxxine” y con ella la pieza del rompecabezas que faltaba para cerrar esta oda al cine de género que propuso Ti West con su trilogía. Así como “X” emuló un slasher de finales de los 70 y “Pearl” un melodrama doméstico (y sangriento) de los años 50, en esta última entrega vamos a encontrar puro espíritu ochentoso. Mucho VHS, mucha música de la época, muchos raros peinados nuevos y, claro, muchas muertes divertidas.

Es el año 1985 y ya pasaron algunos años de la masacre de la primera entrega. Con 33 años, Maxine ocupa un lugar importante en la industria del porno y está decidida a convertirse en una estrella de Hollywood. Su ambición la lleva a quedar seleccionada en la película de terror “Puritan 2”, pero varias cosas que suceden a su alrededor van a perturbar su tranquilidad. Así como ocurrió en la vida real, un asesino serial, apodado “Night Stalker”, acecha las calles. Los amigos de Maxine mueren de a uno, y como si esto fuera poco, un detective privado (interpretado por el gran Kevin Bacon) le sigue los pasos. 

La carrera de Mia Goth, se sabe, está en un pico altísimo. Cada papel que interpreta se agradece profundamente, porque es de esas actrices que, hagan lo que hagan, se comen la pantalla. Al igual que su personaje, es completamente hipnótica y avasallante, provocando en los espectadores fascinación total. Mia Goth y Maxine Minx se funden en una sola mujer que nació para conquistar el mundo.

Hay, en el sueño de Maxine, cierta ingenuidad. No solo porque pasar del porno al terror no significa precisamente un gran paso, cosa que le resaltan sus amigos y se pone en evidencia cuando, antes de finalizar el casting, le piden que muestre las tetas. El principal rasgo de ingenuidad de Maxine está en desconocer que ser famosa no es garantía de nada. Ella añora la fama para “ser alguien”, pero simultáneamente apaga un cigarrillo sobre la estrella de Theda Bara, actriz del cine mudo considerada sex symbol en su época. Por si esto no alcanzara para subrayar el carácter efímero del estrellato, en la escena siguiente la protagonista es acosada en un callejón por una imitación barata de Buster Keaton. La película está plagada de referencias que no solo acentúan una mirada crítica hacia la industria, sino que además evidencian que estamos ante un director que ama profundamente al cine y claro, más precisamente, al cine de terror. 

Mucho se habló los últimos años del terror <<elevado>>, término horrendo que pretende posicionar a ciertas películas de terror (grandes películas, ojo) por encima de otras, por el hecho de tomar elementos del drama u otros géneros con mayor prestigio. Lo que enamora de Ti West es que no intenta caretearla, él tiene muy en claro que el terror es un género digno de ser apreciado en su más pura esencia.  Me permito trazar un paralelismo con Tarantino, porque al igual que en sus películas se ve no solo a un autor, sino a una persona históricamente atravesada por el cine. Ti West imita el cine de otra época como ninguno. Sus mayores exponentes de esto son, creo yo, “The House of the Devil” y “Pearl”. “Maxxxine”, por su parte, oscila entre la referencia, la emulación directa, y el pastiche intencionalmente berreta con muchísima gracia y altura.  

Todo en el terror es hermosamente deforme: la fabricación de gritos en medio de códigos actorales muchas veces extraños y exagerados; el ingenio artesanal para representar las imágenes más sangrientas y chocantes; la creatividad a la hora de recrear muertes en manos de pintorescos y monstruosos asesinos. Durante mucho tiempo el terror fue similar al porno: un género al que muchos accedían, pero pocos hacían alarde de ello. Me gusta pensar que eso está cambiando, y más me gusta pensar que Ti West contribuye a este reconocimiento del género sin la necesidad de incorporar condimentos externos.

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