“THE DEVIL’S BATH”: el terror rural y la salud mental

Es probable que al leer el título “The Devil’s Bath” (“El baño del diablo”) pensemos que estamos por ver una película de terror común y corriente. No es nada loco, la palabra “diablo” y la ambientación en el siglo XVIII automáticamente nos hace pensar en cosas que vimos miles de veces, como posesiones demoníacas, fanatismo religioso o brujería. 

Después de títulos como “The Lodge” o “Goodbye Mommy“, la dupla creativa de
Severin Fiala y Veronika Franz nos trae esta película que sí, nos va a tener en más de un momento esperando que aparezcan brujas o algún que otro demonio. Sin embargo, el enfoque termina siendo mucho más realista, combinando el folk horror, el terror psicológico y el drama, para hablar de un tema que atravesó históricamente a la humanidad: la depresión. 

Agnes es una mujer joven que está a punto de concretar un matrimonio arreglado. No lo vive como una desgracia, sino con la conciencia conformista de que así son las cosas, y hasta con bastante entusiasmo por su nueva vida. En las primeras escenas la vemos ilusionada y optimista. Pero cuando llega el momento de convivir con su nuevo marido, la desilusión es muy grande. No hay amor, ni pasión, ni acercamiento, ni comprensión, solo adoctrinamiento y opresión. Lo que Agnes conocía de sí misma se va apagando, lentamente, dando lugar a una profunda (y perturbadora) melancolía.

Todos los escenarios de la película están cargados de desesperanza. Por un lado, el interior lúgubre y silencioso de un casa de piedra, habitada por el matrimonio, e invadida constantemente por la madre de él; por el otro, un exterior con una naturaleza agresiva, ríos de lodo espeso, bosques con ramas filosas y lugares recónditos habitados por cadáveres. La relación de la protagonista con el espacio es representativa de su estado interno, un estado de deterioro progresivo y desesperación laberíntica. Se me vinieron a la cabeza ciertos fragmentos de la gran “Melancholia” de Lars Von Trier, sobretodo aquella escena de Kirsten Dunst intentando caminar mientras la tierra se aferra a sus pies y le impide avanzar. 

El tema central de la película es la depresión, pero más específicamente la depresión femenina ante condiciones domésticas asfixiantes. Articulada con un ritmo pausado que retrata la rutinaria vida campestre, cuya tranquilidad coexiste constantemente con situaciones terribles y (para el espectador) difíciles de soportar. La impactante escena inicial nos revuelve las tripas y nos prepara para lo que sigue: un agobiante retrato del estado psicológico de Agnes, sus intentos en vano por mejorar con dolorosas terapias, y su trágico y angustiante desenlace.

Lo más interesante es que no hay condimentos sobrenaturales, ni elementos típicos del terror. En su lugar, “The Devil’s Bath” se apoya en un realismo histórico, revelando un verdadero horror de época: ¿Qué pasa con la angustia cuando no tiene legitimidad? ¿Hasta dónde es capaz de llegar una persona cuando ya no quiere vivir pero pesa más la doctrina religiosa? Las respuestas a estas preguntas aparecen en la crudeza de los hechos representados, una crudeza extrema y chocante, pero para nada caprichosa. 

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